amor armado

NADA TUVO DEMASIADO SENTIDO durante todo aquel día, cuando se suponía que yo descansaría de varias semanas de cansancio acumulado en varios países de la región, bellísima y violenta, de Centroamérica. Y desde aquel maldito día, siempre que vuelvo a Chichicastenango, sea cual sea la flor que más florece en sus entornos, me acuerdo de aquella maldita niña y de las ganas que me dieron de gritar, sobre el silencio que dejó el napalm, ante las ausencias de los que, piojosos, pero ellos, soñaron de alguna manera lo mismo que yo, que se podía ser humano aunque se fuera indio, aunque se fuera rojo, aunque se fuera distinto.

Los que huyeron del napalm fueron cazados a punta de fusil. Otra vez las balas. Gritar bajo las balas. Gritar contra las balas. Ellos, los nuestros, como siempre y con el apoyo de los que están por la paz, no tenían suficientes balas. No se detiene a los kaibiles con buenas voluntades ni con buenos argumentos. Sólo conocen el contundente y sólido sonido del plomo.

Y ahí empiezan las contradicciones de un pacifismo en la distancia, un estar contra la guerra y pensar que basta con ello para que se suspendan las operaciones de «limpieza», para que se acaben las masacres. Un no darse cuenta de que no aceptar la esclavitud lleva a muchos pueblos a la muerte, sin que sirvan de nada las palabras, las protestas o la indignación, expresada de vez en cuando y desde lejos, desde muy lejos de las bombas, de los helicópteros, de los fusiles.

Desde una distancia suficiente como para que los muertos no tengan nombres, sean sólo cifras. Como para que no nos moleste el olor de la muerte y de la pólvora; como para poder guardar la cabeza fría; como para pasar incómodos la página del periódico, salir a tomar una cerveza y comentar indignados las noticias.

Yo estaba allí, y allí he estado tantos años, que tenía y tengo que gritar. Tengo ganas de gritar por lo que vi y viví y sentí cuando allí estaba. Y «allí» son tantos sitios, tantos sitios donde el odio se expresa en forma de matanzas, donde el amor se defiende desarmado, donde tienden a ganar los más salvajes, tanto que ya no puedes guardar las distancias entre razones y emociones, sentimientos y análisis, y además entiendes que sólo uniéndolos podrás comprender y actuar en consecuencia. Tan lejos de los análisis «objetivos» desde esa distancia perdida para siempre.

 

JOSÉ MARÍA MENDILUCE: “El amor armado” (Ed. Planeta)

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Published in: on 7 junio, 2011 at 4:29 pm  Dejar un comentario  

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